Saludo a la Fundación Almeyda, por Javier Sanchez

Estimados compañeros(as) y amigos(as) de la Fundación Clodomiro Almeyda:

Recordando los 12 años de la partida de Don Cloro, me animé a escribir el artículo que adjunto y que hice circular entre un importante número de compañeros socialistas, dentro y fuera del PS. Tengo casi 25 años de militancia y me formé en el entonces llamado “almeydismo”, que marcó a mi generación y a otras, y que según he podido comprobar por las respuestas que he recibido, las sigue convocando.

Han sido los mensajes de mis amigos y compañeros las que me hacen enviarles estas reflexiones que, sin ninguna pretensión, han servido para recordar que el legado y la semilla que sembrara el Cro. Almeyda entre nosotros sigue vivo. Ojalá la Fundación, más allá de sus limitaciones y áreas de trabajo pudiera encontrar un espacio para la identidad almeydista que reside firmemente en muchos de nosotros.

Saludos fraternales,

Javier Sánchez

Don Cloro: una ausencia que se nota

“Una democracia que, en fin, vaya imponiendoel señorío del trabajo y del trabajador,
como expresión plena de lo humano, y como pauta y rasero para distribuir la riqueza y el poder.
Y por lo tanto, que valore al trabajo acumulado, en cuanto fruto del esfuerzo humano –del ahorro
y de la racionalización del consumo-, como un capital social que más que generador deganancias,
esté destinado a garantizar una vida decente para todos los chilenos ahora,
y un mañana más próspero y feliz para las nuevas generaciones.

Clodomiro Almeyda
“La salida democrático-revolucionaria a la crsis chilena”
Ediciones Unidad y Lucha, Enero de 1986

Aunque es probable que para muchos socialistas, militantes o no del PS, la figura de Clodomiro Almeyda esté en el imaginario colectivo más ligada al gobierno de la Unidad Popular y al Presidente Salvador Allende, cumpliendo sus roles de Canciller, Ministro de Defensa y de Vicepresidente, para la generación de los ’80 a la que pertenezco con orgullo, el “almeydismo” es un signo de identidad política que supera la imagen física de Don Cloro, para situarse en el de la significación política del socialismo de izquierda, como un referente de las decisivas luchas antidictatoriales, pero también como el de un aportante fundamental al diseño de la democracia post dictatorial que muchos imaginamos colectivamente y que aún no logramos visualizar en la realidad democrática que nos ha tocado vivir en estas últimas casi dos décadas.

Ser “almeydista” (o “almeja” como nos decían) representaba, para quienes estábamos en la universidad durante los ’80, militando en la entonces gloriosa Juventud Socialista de Chile, un sinónimo de varias cosas que se fundían en ese concepto: representaba la continuidad natural con la historia del PS y especialmente con lo que significaba ser “herederos” naturales del sacrificio generacional encarnado en la figura hoy algo olvidada, además de desaparecida, de Carlos Lorca y los demás compañeros de la reconstrucción del socialismo en la clandestinidad.

Representaba, además, la posibilidad de participar orgánicamente de un tejido social construido sobre la base de sindicatos, juntas de vecinos, federaciones de estudiantes, organizaciones de mujeres, un sinnúmero de organizaciones sociales de base y los núcleos donde se desarrollaba, efectivamente, vida partidaria.

Pero quizás, sobre todo, el almeydismo representaba una meta, un sueño, un proyecto de futuro, que comenzó a verse y sentirse truncado tras el abrupto desechamiento de las resoluciones del 24 Congreso del PS (la línea política se resumía en la tesis del “levantamiento democrático de masas con perspectiva insurreccional”) para iniciar el camino de la inscripción en los registros electorales, la participación en el plebiscito del 88 y en las elecciones de diciembre de 1989.

Porque como lo desarrollaba el compañero Almeyda en “La salida democrático-revolucionaria a la crisis chilena”, muchos de nosotros, anhelábamos una democracia que rompiera con los moldes y patrones impuestos por la dictadura, en una perspectiva de cambios verdaderos y profundos, lo que por cierto no ocurrió. Por estos objetivos políticos, por este proyecto, por estos sueños muchos entregaron su vida. Por eso, los recordamos aunque a estas alturas no se use y uno deba aceptar, injustamente, ser acusado y estigmatizado como “nostálgico”.

Los almeydistas ochenteros también supimos de la ya extinta educación política, que nos permitía (y nos permite) hacer nuestros propios análisis, evitando con ello ser presa fácil de los medios y de la desinformación, a lo que en la actualidad debiéramos agregar la carencia de una línea política -no sólo electoral- partidaria.

Por eso, muchos de los “almejas” de entonces se fueron para la casa. Algunos, adicionalmente se han ido del PS. Otros, los que nos empecinamos en no irnos (que no es lo mismo que querer quedarse) seguimos buscando los elementos políticos y no sólo humanos y sentimentales que nos ligan al partido, para seguir bregando por esos sueños, que seguimos considerando cada vez más justos y necesarios.

Es una lástima que se pierda ese enorme capital humano y político construido al calor de la lucha antidictatorial. Pero aún peor es que ello casi no importe, porque se crea que es posible que se puede reemplazar un “cuadro” (como se decía entonces), con un “elector” (ojalá “voto duro”, del “lote” o acarreado, da lo mismo) en las elecciones internas.

En los difíciles tiempos que corren para la política, tan asépticos, tan consensuados, tan falsamente neutrales, el almeydismo sigue siendo un punto de encuentro para muchos (ya no tan jóvenes). Un punto de encuentro en la historia compartida, pero también en los análisis y en la capacidad adquirida para mirar la realidad en el mediano o largo plazo, por sobre la coyuntura, por sobre el reduccionismo electoral o gobiernista, por sobre la anomia partidaria inducida.

A 12 años de la desaparición física de Clodomiro Almeyda sirvan estos recuerdos para abrazar a todos mis compañeros almeydistas de los ’80, que no tenían intenert, páginas web, celulares ni viajaban en avión, pero que supieron hacer de la militancia y la actividad política “una faena” como hubiera dicho Don Cloro, en que primaba la fraternidad, el respeto, el estudio, las convicciones, la solidaridad y no eran sólo un escalón para alcanzar una pega o una candidatura.

Don Cloro, es una de esas ausencias que se notan.

Javier Sánchez